Atrás quedaron los tiempos en que se lograron los consensos que llevaron a un acuerdo multipartidario en materia de seguridad.

Eran tiempos de esperanza en la construcción de verdaderas políticas de Estado sobre temas que superan toda frontera partidaria y aglutinan el interés de todos sin importar otra cosa que el bienestar común. Tiempos que se diluyeron rápidamente al influjo de campañas electorales e intereses individuales donde los apetitos de poder empalagaron a muchos que vieron en la seguridad pública una forma de hacer política sin importar a qué precio. Aquel Uruguay que se esforzaba en abrirse paso pronto dejó espacio a un Uruguay de mezquindades y egoísmos que dejaron en solitario a quienes advertían una y otra vez el Uruguay que se vendría y para el que debíamos estar preparados. Así llegaron los crímenes por ajustes de cuentas, las luchas por territorios, los conflictos entre delincuentes, el crimen organizado con alto poder de fuego. Un enemigo para el que se debía estar preparado y al que le dimos demasiada ventaja por ser tan mezquinos...

Compartiendo la misma percepción

Se lo escuchamos decir muchas veces, advirtiendo que la ausencia de una percepción compartida de la amenaza se pagaría muy caro por la sociedad uruguaya. Era urgente cerrar filas tras esa consigna para poder tomar conciencia del peligro que acechaba y que ya percibía el Director de la Policía Nacional -Crio. Gral. (R) Julio Guarteche- a poco de  haber sido impuesto en dicho cargo por el ministro Bonomi.

Muy pocos comprendían el alcance de aquella advertencia, y muchos pensaron que era una exageración o -peor aún- una justificación ante el aumento de una criminalidad que no cesaba de crecer. Sin embargo aquella máxima buscaba crear conciencia colectiva para construir herramientas capaces de vencer al miedo y derribar las amenazas con conocimiento y prevención. 

Una sociedad que comparte sus temores y se une para enfrentarlos es una sociedad que apela a su condición gregaria para generar fortalezas y más seguridad. 

Lamentablemente esa percepción compartida de la amenaza demoró demasiado en hacer carne en una clase política aferrada a viejas formas de actuación que apelan al sensacionalismo y al miedo pensando que con ello se acumulan votos.

Aquel Uruguay de las puertas siempre abiertas, de los jardines con muros bajos  y sin rejas, cedió terreno a otro país que atravesó por crisis económicas y sociales que dejaron heridas que cuestan cicatrizar y donde el delito hizo caudal para reclutar adeptos. 

Mientras todo eso ocurría, desde el gobierno se advertía y las advertencias caían en saco roto. Las autoridades concurrieron muchas veces al Parlamento a informar a los legisladores en régimen de comisión y aún bajo el fuego cruzado de las interpelaciones -utilizadas como instrumento político electoral las más de las veces- igualmente desde la cartera se informaba sobre el estado de situación de este nuevo Uruguay que se avecinaba.

Fueron invitados, varias veces, para informarles al detalle sobre la realidad de la seguridad pública nacional, y fueron pocos, muy pocos los que acudieron a la cita. Sin embargo, se empeñan de hablar del tema desconociendo la información que se negaron a recibir en cada convocatoria.

Durante el primer gobierno del Frente Amplio se dio frontal lucha al narcotráfico en aplicación de una nueva política de drogas que tuvo su impacto en el tráfico internacional y local. Grandes incautaciones de drogas junto a bienes adquiridos por esa actividad llevaron a derribar el mito del delito de guante blanco y llevaron el peso de la ley a todos los partícipes sin importar su nombre o condición social. Hoy purgan pena en cárceles uruguayas narcotraficantes de varias partes del mundo, un mundo que conoce y sabe que aquí se trabaja con responsabilidad en la lucha contra el crimen organizado.

Hoy Uruguay es ejemplo regional en materia de seguridad según consigna el BID, calificando la realidad uruguaya como una isla en medio de la región más violenta del mundo. Nos ven diferente de afuera mientras que, desde adentro, se empeñan en atacar cada medida que se toma o se proyecta sin pensar que con esa actitud ponen en riesgo la medida misma.

Así ocurrió cuando se anunció la compra de vehículos blindados y hasta se reveló el tipo de blindaje de las unidades adquiridas. O cuando se adquirió “El Guardián”, generando un clima de sospecha hacia un instrumento pensado para combatir a delincuentes y proteger a ciudadanos honestos. Se sospecha siempre de una Policía que ya dejó de ser aquella fuerza represiva de la época de la dictadura para ser una fuerza civil enmarcada en la defensa de los derechos humanos de los ciudadanos.

En menos de un año, y a partir de la orden del ministro dictada en su discurso de asunción del 2 de marzo de 2015, se cerraron 865 bocas de drogas, con todo lo que ello implica respecto a los delitos asociados a esa actividad. Ese trabajo da margen para una mejor respuesta al combate a los hurtos, rapiñas, homicidios y la lucha contra la corrupción. En la ley de presupuesto se cambió la estrategia del lavado y financiación del terrorismo. Vamos por una modificación legislativa sobre los delitos precedentes del lavado de activos, que permitan cerrar el circuito definitivamente.

Se mejoró el armamento de la Policía, se actualiza regularmente la flota vehicular, se descentralizaron servicios de patrullaje a partir de una reestructura organizativa que se multiplica en todo el país. Se creó la Unidad Aérea de la Policía Nacional a pesar de las críticas de quienes decían que no era necesario duplicar un servicio que lo podría dar la Fuerza Aérea. Dicha unidad ya dio muestras contundentes de su eficacia ante el silencio de los detractores de entonces, y el casi unánime apoyo de la población que aplaude su servicio.

Hoy se habla, por la prensa, de un pacto político nacional a partir de lo que viene planteando el nuevo gobierno en Argentina en el combate al narcotráfico. Un pacto que no puede ocultar la miopía -que ya es ceguera a esta altura- al no reconocer el trabajo de una cartera que ha venido advirtiendo y actuando en consecuencia a esas advertencias para ser considerada una isla por organismos internacionales como el BID. 

¿Qué sería de Uruguay si no se hubiera hecho lo que se hizo? ¿Qué Uruguay tendríamos? Señoras y señores, abrochen sus cinturones y prepárense para aterrizar a este nuevo país del cual ya se les había advertido. Disfruten su estadía, un nuevo Uruguay está construyendo con base sólida su seguridad, gracias por elegirlo y -de aquí en más- los esperamos para ser parte de esa obra.

¡Bienvenidos al Uruguay!

Montevideo, 24 de enero de 2016

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